Las lágrimas de Fuego

"Desde siempre, un principio de Divinidad ha fascinado y atormentado a los hombres: reconocen tras los nombres de Divino, de Sagrado, una especie de animación interna, secreta, un frenesí esencial, una violencia que se apodera de un objeto, consumándolo como el fuego y llevándolo sin demora a la ruina"

                                                                                                        George Bataille, ensayo sobre Sade

 

"Preguntó: Cuánto más viajarás?

Respondí: Hasta que me detengas.

Preguntó: Hasta cuando hervirás en el Fuego?

Respondí: Hasta que puro quede"

                                                            Rumi

(Para los que juegan con fuego y para los que preferimos quemarnos.)

Edel Sing

Por comodidad y una necesidad práctica, la cultura china pervirtió la esencia pictórica de su lengua. Al principio un trazo con formas onduladas era un río, con el devenir de milenarias estaciones, los trazos del río se secaron. Las primitivas ondulaciones se transformaron en sonidos que formaban fragmentos de otras palabras. Los ideogramas perdieron su fuerza pictórica. El fuego sagrado que los animaba se pervirtió en el mercado, en los arrozales, en todos aquellos lugares en los que las imágenes infinitas del mundo desbordaban el sentido práctico de los hombres. A mí, hija renegada del ghetto, la imagen de un río me resulta ajena. Me inclino mejor por el ideograma "Prisionero", imagen original construida con los trazos de un hombre dentro de un severo cuadrado. Flexibilidad de la figura humana dentro de la rigidez de la celda que lo aprisiona, así fue en sus remotos orígenes un prisionero. Pero el acceso de las masas al lenguaje, desvió al Prisionero de su austera y perfecta celda, por decirlo de una manera precisa, el prisionero se despintó, borrando los colores originales, mezclándose con parásitos del arroz y campesinos. Y el ideograma Prisionero se unió a otros trazos como Cielo, Té o Luna, para formar nuevas ideas, como si un Prisionero bebiese Té y no Agua, contemplase la Luna y no la fría oscuridad de una celda o acariciase con las yemas de sus dedos el Cielo y no los muros de su cautiverio.

Soy hija de una prostituta sagrada, nativa del castigado Saigon y de un diplomático español que se movía en bicicleta desde el consulado hacia fumaderos de opio cuyo sucio humo velaba complots políticos y sociedades secretas. Soy también, lo fui por un tiempo, hija del ghetto.

Nitya

Su nombre de guerra en el ghetto era Nitya, y aunque técnicamente ya no le unía nada a aquel lugar, decidió conservarlo en su primera cita con Edel. No tenía familia, sus padres, enganchados a la heroina habían muerto en un incendio en un mugriento habitáculo de los suburbios. Recogido por una tía lejana, el pequeño Nitya había crecido en el desván de un burdel regentado por su benefactora. A los doce años una de las chicas de su tía le había enseñado a besar. Una semana después de que la chica lo adiestrase a estrechar labios con el ímpetu de caricias o de caballos desbocados, ella le cogió la mano y escaleras abajo, lo llevó a la sala roja, la puerta al final del pasillo de la segunda planta que siempre permanecía cerrada con llave. La chica sacó la llave de un bolsillo del pantalón de cuero y abrió la puerta de la sala prohibida. En el interior, brillaban cadenas, fustas, látigos, y una cruz de madera vieja y negra con forma de aspa atrapada en la pared como una mariposa en un alfiler. La chica blandió una fusta, sonrió a Nitya, fustigó el aire entre ambos y lo besó. Apartada de las demás habitaciones de la casa, cerrada y bajo llave, a la sala roja el joven Nitya la llamó desde entonces "el ghetto". Si yo vivo arriba en el desván es porque mi tía lo decidió por mí, se dijo, pero si alguien elige habitar esa habitación por propia voluntad, crucificándose de esa manera, es porque quiere que su vida sea secreta y bajo llave. Como en un ghetto.

Había llegado diez minutos antes a la cita con Edel. Una cafetería italiana en el centro, amplia ,con suficiente espacio entre las mesas que permitiera una cierta discreción. Su tía, la chica del burdel, todo se había desvanecido como una fotografía descolorida. Una fotografía en blanco y negro. La sacó del bolsillo de la chaqueta. La contempló por enésima vez. Estaba solo en el mundo. Solo él y una fotografía. No había nadie más. Tal vez Edel, la desconocida que había sido expulsada del ghetto por publicar esa misma imagen.

El ghetto en cien pedazos

Edel Sign no podía dejar en paz a su tiempo, a la comunidad del mundo común que se creía especial y para la que todo era una fiesta. En el ghetto, unos se buscaban a otros para infligir daño o aceptarlo, festivamente publicaban anuncios clasificados y festivamente se intercambiaban cuerpos con la osadía de comodines en una partida de poker. En el ghetto todos eran prescindibles, la fusta se ajustaba a una función y la piel dibujada de punzantes pulsaciones a otra. Nada era sagrado allí. Un mecano impersonal sin alma en cuyas paredes Edel, como el Lutero que denunció la impostura del ghetto papal, colgó un anuncio con fotografía y texto. En la imagen, blanco y negro deteriorado, se muestra a un hombre atado a un poste, un cuerpo asiático cortado a cuchillo piernas y brazos. No se muestra la sentencia por la que China imperial, 1907, castiga a muerte al asesino de un príncipe. Se ve al verdugo asestar un tajo a la rodilla derecha, las manchas negras en los pechos y sexo cortados, sangre floreciendo en la piel arada por la hoja blanca del cuchillo. Se ve la cabeza del ajusticiado inclinada hacia la derecha, los ojos abiertos aún, la mirada de un cuerpo que aún palpita de vida, ojos extasiados, nada festivos, anclados a la luz de un cielo blanco que vela parte de su rostro. No se ve el opio que se le administró antes de ser atado al poste de "Los cien pedazos". No se ven los cien pedazos de piel tirados en la tierra como la piel muerta de una serpiente. Tampoco vemos el corte final, buscando el corazón.

El anuncio clasificado se acompañaba de un texto si no en paz con el común mundo, sí en paz con los ojos extasiados del hombre de la imagen:

"No soy una maldita diosa. Quiero que me mires como si el resplandor de mil soles apareciera  de repente en el cielo. Edel Sign"

El clasificado permaneció activo un día, las quejas del ghetto no se hicieron esperar. Un día fue suficiente para que Nitya respondiera al anuncio antes de que la cuenta fuese suspendida:

"Tengo la piel muy blanca, no puedo tomar el sol. Contigo haré una excepción. Nitya. 615-046-768"

Luego buscó la imagen del hombre ajusticiado por el éxtasis en internet, la imprimió y la guardó en su chaqueta con la certeza de que así como en el ghetto había sobrevivido apenas veinticuatro horas, aquella instantánea le acompañaría el resto de su vida. A la hora convenida, una mujer de rasgos asiáticos se sentó en su mesa de la cafetería. Edel Sign le ofreció su mano enguantada en cuero negro. Nitya, siguiendo un impulso automático, se dispuso a besarla. Ella giró el dorso, con suavidad y añadió:

-No la beses. Estréchala. Como iguales.

Edel Sign sonrió asiáticamente al contemplar el desconcierto de Nitya.

Los últimos veinte días de Nitya

Si alguna mujer cree que puede poseer a un hombre, erigirse en dueña de sus pensamientos y corazón, sin duda es una ingenua. Nuestro primero y único café devino un largo, cerramos ambos el establecimiento en la noche, y fértil despojo de mentiras. Nitya me observaba en silencio, con sus grandes ojos inquietos, intentando en vano transitar por senderos conocidos. Nadie puede poseer a nadie, nadie es más que nadie, nadie, Nitya, juega con nadie. No quiero, como en el ghetto, ser tu puta y tu madre, no quiero proteger tus ojos claros del mundo. Sólo deseo destruirte.

Un sobresalto estremeció a mi atento alumno. Me incliné y eché un vistazo a la palpitante entrepierna embutida en sus jeans. Nitya fue, de todos los que se arruinaron en mi fuego, el único que conservó hasta el final el fulgor en su mirada. Nadie puede destruir a nadie, patéticas madres y putas del ghetto. Jamás mientras persista la inocencia de una mirada como aquella. Pagamos el café y ya en el taxi, tras indicar al taxista con una nota manuscrita la dirección, vendé los ojos de Nitya con una cinta de seda negra. Nos movimos en la noche, en silencio, sus pensamientos y corazón libres , apretando mi férrea mano enguantada, abandonando la ciudad, el ghetto con sus calles empedradas de mentiras chorreando despojos como los que los pescadores lanzan al mar. Dibujé en sus labios con mi dedo índice el ideograma chino Prisionero. Un Prisionero ciego a su destino final, alguien que buscaba la destrucción como la noche aguarda al alba de los fusilados.

Antes de subir al taxi, aprovechando que yo me había adelantado, en una esquina de la ciudad Nitya había escrito algo en su móvil. Nadie pertenece a nadie, le había dicho yo en los primeros rayos de la tarde, y él me había asegurado que nadie le esperaba en el mundo a donde jamás regresaría.

  1. Esclavo 24/7 busca Señora estricta y exigente los viernes por la tarde.

Muros de piedra, chimenea y un sótano en las cumbres de L. Rayos de sol desplomándose sobre placas fotovoltáicas, alimentando un circuito eléctrico que llegaba hasta la oscuridad del sótano.

El primer día, Nitya, sin comida ni agua, encadenado al muro por el que trepaban raíces de olivos, no pronunció sonido alguno. Cociné berengenas a la cantonesa y traduje al castellano poemas inéditos del maestro zen Kakuan, encargo de un editor.

       2.Dama fetichista selecciona amante esclavo que la lleve a cenar los fines de semana. (Clasificado del ghetto)

El segundo día, uniformada y calzando unas botas de montar que compré en Berlin a un antiguo SS, bajé al sótano.  Intenté traducir la expresión de sus ojos cuando contempló mi figura negra, pero sólo adiviné hambre y sed. Un cuerpo puede resistir frente al asedio de la muerte veinte días sin probar el agua, Nitya.

  1. Doncella aficionada a las máscaras antigás ofrece su lluvia dorada en la bañera a esclavo. (Clasificado del ghetto)

Arriba, escuchando a Bach, examiné sus pertenencias: una cartera sin documentación, ochenta y siete dolares, y el movil Sony Ericson apagado. Estoy solo en el mundo, me había asegurado el prisionero antes de desaparecer de la escena y cruzar al otro lado de una fotografía en blanco y negro rasgada de muerte china imperial. Abajo, lo presentí, mi prisionero contuvo unos segundos la respiración. Apuré mi copa de Cabernet Savignon.

  1. Esclavo casado busca dama para intercambio de parejas con rol por determinar. (Clasificado del ghetto)

Los  cuatro primeros días, no fustigué su pecho, espalda o piernas, en los dieciséis restantes no sufrió laceraciones su piel. No humillé ni verbal ni físicamente a mi prisionero. No escribí en su cuerpo ninguna de las letras del ghetto. Cada ser humano es excepcional en su divina caligrafía, sin embargo en los renglones del ghetto las personas son letras intercambiables donde una vocal "a" lo mismo sirve para escribir "sumisa" que "amado". La destrucción de Nitya, sus lágrimas por mi definitiva sanción implicaba un fuego inédito. Lo que no fue obstáculo para que el cuarto día escribiese en su espalda, con cera encendida, el ideograma Prisionero. La sed y hambre de Nitya siguió su curso entre ríos de cera , un territorio inhóspito para esos juegos románticos del ghetto donde las "R" mayúsculas se creen amadas por las minúsculas a las que desprecian. "Te adoro", me dijo el cuarto día. No necesito esa mierda, Nitya, no me ames como a una R alzada sobre las ficciones del ghetto, soy tu ángel de la muerte, tu destrucción y ruina. Soy una minúscula que borrará a otra minúscula. Como iguales. Como el primer día en la cafetería. Lo recuerdas?

Y se fue

En los siguientes días, Edel Sign torturó a Nitya aplicando electricidad en una serie de puntos del cuerpo de su prisionero. Los puntos recibían nombres tan exóticos para un occidental como He Gu, Tai Yuan o Feng Chi. Las placas fotovoltáicas instaladas en el tejado del caserón se alimentaban del sol que se abatía sobre las cumbres de L., generando energía suficiente para calentar el hogar, generosas dosis de té, un termo de cincuenta litros y un horno en el que Edel cocinaba pasteles de arroz. La energía en circulación incluso ponía en funcionamiento un aparato que transformaba la corriente de 220 voltios en una intensidad que bajaba hasta los 40 . Una rueda ofrecía la posibilidad de regular la descarga entre un intervalo de 20 a 40. De la caja con el regulador, salían dos cables cuyos extremos metálicos adoptaban la forma de pinzas. Según los tratados de acupuntura que Edel había traducido al castellano, un cuerpo humano es atravesado por numerosos circuitos de energía que se cruzan en determinados puntos. Esos puntos, insistía la milenaria sabiduría china, son especialmente sensibles. Aplicando sobre ellos una aguja, es posible sanar un cuerpo. Y destruirlo, había añadido Edel cautiva de la excitación mientras traducía los manuscritos. El encendido entusiasmo inicial se vio eclipsado cuando estudios científicos que había leído posteriormente, concedían a la acupuntura el mero efecto de placebo, una autosugestión que había pervivido durante milenios. La acupuntura es a la medicina como el ghetto a la destrucción por el dolor, concluyó: una fiesta que enmascara el noble origen de algo que alguna vez tuvo sentido. No obstante, Edel Sign pudo comprobar en cuerpos anteriores a los de Nitya, que los puntos de acupuntura sí coincidían con puertas a una especial e insoportable sensibilidad hacia el dolor.

Atado a un poste de madera, Nitya recibió descargas de veinte a treinta voltios en los genitales, el abdomen, los brazos, los músculos dorsales, y con cada sacudida, Edel, Divinidad fulgurante en la oscuridad del sotano, traducía a la lengua de su prisionero, los puntos por los que se asomaba el dolor: Unión del Valle, Gran Abismo, Espíritu de Sombra, Gran Oleaje...hasta cien pedazos de Nitya se conmovieron. La mirada del torturado, los primeros días, revelaba un destello de placer que de alguna manera no se diferenciaba de los oportunistas gemidos del ghetto. Su cuerpo, es cierto, se estremecía con la electricidad, pero el placer bajaba el listón de lo insoportable. El vigésimo día, las cosas se pusieron feas para Nitya. Su resistencia se hallaba mermada por el hambre, la sed y el adormecimiento de ciertas y castigadas extensiones de su carne. Edel Sign se vistió aquella mañana con el más deslumbrante y terrible de sus uniformes, volcando sobre sus hombros un abrigo de cuero negro a modo de capa y cargando su Mauser dorada. En la mano derecha enguantada sujetaba el móvil del prisionero. Yo soy el fuego y tú las lágrimas de una muerte que arde de vida, Nitya. Me has ofrecido tus pedazos, pero no es suficiente. Deseo tu destrucción. Es cierto que nada te ata al mundo? O eres uno más de esos mentirosos del ghetto que juegan con fuego?, interrogó al prisionero a descargas de 40. Nitya no respondió, pensando que quizá las preguntas de Edel Sign describían a los habitantes de un lugar lejano al otro lado de una fotografía en blanco y negro. Quizá estaba demasiado débil. Su silencio fue traducido por Edel como una traición a un pacto no escrito y sellado con un apretón de manos en una cafetería.

- Nitya-ordenó a su prisionero-quiero la contraseña de tu móvil.

Silencio, mirada vidriosa del prisionero, silencio atravesado por el zumbido de una nueva descarga eléctrica. A 50 voltios, con terminales en el corazón de las mentiras.

-No la recuerdo-balbuceó el prisionero.

Se sucedieron las descargas a cincuenta, despiadadamente, como fuego limpiando la tierra de rastrojos. La resistencia se prolongó durante horas, aunque sería la del alba cuando los ojos de Nitya se encontraron con el blanco extático de los mártires. La contraseña, consiguió articular, es "A1969".

Edel Sign encendió el móvil, escribó la contraseña y entró. En la agenda sólo había un nombre: Patricia. Buscó un sms y lo leyó. La mujer acarició su Mauser y contempló las quemaduras de la electricidad en la pálida piel de Nitya. Las lágrimas de fuego, eran de ella. Esa misma mañana, arriba, ante una taza de té, Edel Sign escuchó la historia de una joven que había abandonado el ghetto de las drogas. La noche que tocó fondo había ingresado en una institución que ayudaba a desintoxicar el cuerpo de venenos y a intoxicarlo de vida. En la institución, a cada uno de los que allí solicitaban ayuda, se les asignaba una especie de tutor para que una vez limpio, no volvieran al ghetto. La joven se llamaba Patricia. Nitya era su tutor, su ángel de ojos claros, blancos abajo, en el sotano, cobrando vida de nuevo ante una taza de té. El último sms que Nitya había enviado desde su móvil, minutos antes de subirse al taxi decía:

"Ahora tienes que seguir adelante por ti misma. Tú abandonaste tu ghetto, ahora debo abandonar yo el mío. Nunca estamos solos si nos acompaña lo mejor y más noble de nosotros mismos. Cuídate."

Y Nitya se fue.

Señora muy señorona busca esclavo que la mime, la adore y la ame a tiempo parcial. (Clasificado del ghetto)

Rumi escribió "Desde estas estrellas como velas invertidas,desde esta cubierta azul del cielo ha surgido un pueblo admirable del que se podrán revelar los misterios." Nuestro origen es estelar, venimos del fuego aunque lo hayamos olvidado. Pero a veces, nuestras lágrimas sedientas del rugido y la violencia de un parto de estrellas, nos revela el misterioso camino de regreso a casa. Nitya regresó a la ciudad. En su agenda incluyó un nuevo contacto. Cuando ambos sentimos las exigencias del fuego, nos sometemos a su implacable y divino imperio en estas cumbres solitarias tendidas al sol. Cuando no busco su ruina, bajamos a la ciudad para amarnos como iguales.

©Ariel Bellaterra 2016

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